Le decían Pelé

Por: Marcelo Calvente

Un maravilloso puente imaginario, de cuento de hadas, separan al niño Héctor Adolfo Enrique del barrio de Loma Verde donde nació y de la infaltable merienda en el club Lanús, de la conquista de la Copa del Mundo en México 86 y su participación en el mejor gol de todos los tiempos. El por entonces humilde club, adonde había llegado a fines de los años 70 de la mano de Ramón, su hermano mayor, quien también llevaba de la otra mano a Carlitos, el más chico, fue ese nexo fantástico con la gloria.

Héctor Enrique, nacido el 26 de abril de 1962, fue el más talentoso de los tres hermanos y el que más lejos llegó. Era un centro delantero hábil y encarador, un jugador de área dotado de sutilezas y creatividad, y un hacedor de goles de lujo. Debutó en primera el 19 de agosto de 1980 con la llegada del viejo Guerra, quien lo puso a jugar junto a su hermano mayor, volante creativo de buen panorama y gran pegada de media distancia, que ya estaba en primera desde el 78. Ambos integraron el inolvidable equipo campeón de la C de 1981. “¡Mamá, el sábado voy a jugar con Lodico!” había anunciado a los gritos el negrito de mirada pícara al que llamaban Pelé, 18 años cumplidos, una tarde de agosto del 80, loco de contento, porque iba a debutar en primera con el legendario capitán granate de compañero.

Titular indiscutido del equipo que disputó el torneo de Primera B de 1982, tras 22 partidos y 8 goles, la máxima esperanza del Lanús de aquellos años era transferido a River Plate a cambio de un dineral que, en plena resurrección económica y deportiva, la entidad del sur necesitaba como el agua. Apenas 72 partidos y 24 goles, el saldo del breve pero victorioso primer paso de Héctor Enrique por el Granate.

En River al principio le costó. A un año y medio de su llegada, el veterano Renato Cesarini, durante un breve interinato, y después de observarlo bien, tomó una decisión que cambiará para siempre la carrera y la vida del pibe de Burzaco: lo ubicó como volante por derecha. Lo transformó en un futbolista completo, de equilibrio, un as para ir a los pies del rival, con claridad en la entrega y un enorme talento al pisar el área, que se consagró multicampeón siendo titular indiscutido en el River del Bambino Veira de la segunda mitad de esa década. El mundo lo conoció en junio del 86 cuando lo vio dar la vuelta olímpica en el Estadio Azteca con la camiseta argentina junto al mejor futbolista de todos los tiempos, su amigo Diego Maradona.

Durante más de cuatro años mantuvo la titularidad en River. Una grave lesión en la rodilla izquierda le puso freno a su estadía en Núñez y también al sueño mundialista del 90. De manera temprana sintió que ya no estaba para el ida y vuelta que lo había hecho famoso. En 1990 firmó para Deportivo Español, donde jugó poco. Allí decidió operarse la rodilla averiada, intervención que resultó exitosa. A mediados de 1991, con 29 años y finalizada con mucho sacrificio la rehabilitación, volvió al club que lo vio nacer para protagonizar una extraordinaria actuación personal en 39 de los 42 partidos disputados en el Torneo Nacional B del ciclo 91/92, marcando además tres goles para el ascenso a Primera.

Dirigido por Miguel Ángel Russo, con el Monstruo Ojeda, el Pato Gómez, la Urraca González, Agüero, Kuzemka, Mainardi, Schurrer, el Mingo Angelello, el Pampa Gambier, Baillie y Gilmar Villagrán, el consagrado Negro Enrique volvió a jugar en la primera del club que era su segundo hogar, y que mientras él se retiraba de la actividad, iniciaba un camino de desarrollo institucional y deportivo que perdura hasta hoy. Con un total de 28 goles en 138 partidos disputados para Lanús en cuatro categorías diferentes, el gran Héctor Enrique es el único futbolista de la cantera que se consagró Campeón Mundial con la Selección Argentina mayor, y un genuino exponente de la entidad que siempre lo tendrá en el podio de sus máximas figuras.