Bendito Ramón

 

Por: Marcelo Calvente

“Este niño rubio va a saber escapar de la dureza del campo de Cantabria…”, le dijo una gitana a la madre del recién nacido. Lo dijo al pasar, de puro comedida, sin pedir ni una moneda a cambio por el buen vaticinio. Era el 7 de noviembre de 1947 en Heras, un caserío cercano a Santander que por entonces no llegaba a los 400 habitantes. La Segunda Guerra Mundial había pasado su manto de muerte sobre Europa, y algunos integrantes de la familia de Ramón Cabrero, el niño en cuestión, ya habían partido rumbo a la Argentina. Tres años después, el pequeño Ramonín llegaba al sur del Gran Buenos Aires junto a sus padres. Con mucho sacrificio, comenzarían una vida nueva en el nuevo mundo. Y el pibe nacido para ser español, pronto se convirtió en uno más de los purretes del barrio de casas bajas, de baldíos y de pelotas de trapo, de tiento o de cuero según fueron pasando los años en Lanús Este, a pocas cuadras de la entidad fundadora del profesionalismo afincada en el barrio con su marca indeleble: el fútbol ofensivo, lujoso, de pelota al pie, de equipos conformados por jugadores criados en los potreros aledaños, como Piaggio, Volante, Florio, Nazionale, el Baby Acosta y tantas otras glorias, entre ellos el galleguito Ramón Cabrero.

Ramonín pronto se destacó por su habilidad con el balón, por su gambeta y su pisada, su capacidad para armar juego e incluso, pese a que nunca jugó de delantero, por su olfato de gol. Su paso por el fútbol amateur fue vertiginoso y sin tropiezos, y su debut en Primera se produjo en 1965 a los 17 años, aunque debió esperar un par de años más para consolidarse como un valor de recambio del equipo de Los Albañiles, así bautizado por las paredes de Silva y Acosta, la dupla ofensiva más famosa del fútbol argentino hasta entonces. Con el joven Cabrero como revelación, Lanús peleó por un lugar en la semifinal del Torneo Nacional de 1968 con el Estudiantes de Zubeldía, que pronto haría historia. En el partido clave jugado en 1 y 57, luego de arrancar 2 a 0 abajo, el Grana alcanzó el empate que lo clasificaba con dos goles de De Mario, y a poco del final, con dos fallas del veterano arquero de Lanús, Manuel Ovejero, el Pincha logró el 4 a 2 definitivo. Estudiantes venció a Vélez en la semifinal, pero caería en la final ante Los Matadores de San Lorenzo de Almagro, vencedor de River.

Cuando la estrella de Los Albañiles comenzaba a apagarse con las partidas de Acosta y De Mario, con un Silva desmotivado, Ramón reemplazaba a su admirado Martín Pando, trataba de imitar su juego y se convertía en el nuevo armador de un Lanús que no pudo sostener la categoría. Con el descenso consumado, Silva y Cabrero fueron transferidos a Newell’s Old Boys a principios de 1971, y se integraron a uno de los mejores elencos de la historia del club rosarino, con Montes, Obberti, Zanabria, Mendoza y Santamaría. Ramón, que había totalizado 109 partidos en la Primera de Lanús y marcado 9 goles, muy pronto se convirtió en titular mientras al gran Manolo Silva le tocaba el banco de suplentes. La suerte, como auguró aquella gitana el día que nació, siempre estuvo de su lado.

A los seis meses de su arribo a Rosario, el Atlético de Madrid, teniendo en cuenta su ciudadanía española, vino por él, y su destino fue su país natal. Esa transferencia cambió su vida para siempre. Allí estuvo en el banco de suplentes en la histórica final de la Copa de Campeones de 1974 en Bruselas ante el Bayern Munich de Beckenbauer, Seep Maier, Paul Breitner, Uli Hoeness y Gerd Muller, la base del seleccionado alemán que ganó el Mundial de ese año. Un equipazo memorable al que vencían por 1 a 0, que le quitó la gloria con un empate milagroso alcanzado en tiempo de descuento, y que se quedó con el título goleando 4 a 0 en el partido desempate jugado dos días después en el mismo estadio.

Dos años en el Atlético, dos en el Elche y otros dos en el Mallorca, y Ramón decide pegar la vuelta a la Argentina. Su carrera como futbolista sigue en Mendoza, donde jugó un año en Independiente Rivadavia y otro en San Martín, hasta su retiro de la actividad. En 1982, Ramón vuelve a Lanús, a su casa y a su club, donde dirige al equipo en un breve interinato, hasta la llegada de Iturrieta. En su primera experiencia como DT, logrará una de las más inolvidables campañas del Grana en el Ascenso, cuando a punto estuvo de eliminar a Racing en la accidentada semifinal del octogonal de 1984. Ramón continuó al frente del equipo durante 1985 siempre peleando arriba, aunque inexplicablemente es despedido luego de perder de local ante la Academia, a seis fechas del final. Su carrera tiene continuidad en Deportivo Italiano; Ramón da la gran sorpresa; en seis meses lo saca campeón y lo sube a Primera, en la máxima epopeya deportiva de la historia de la entidad azzurra. Pronto vuelve a Lanús, y una vez más su vínculo se interrumpe antes de lo firmado. Esta vez será por mucho tiempo.

Su carrera como entrenador continuó en varias entidades del Nacional B: Deportivo Maipú, Central Córdoba de Santiago del Estero, Colón de Santa Fe y por último Los Andes, hasta mediados del 96, cuando después de sufrir un atropello de parte de la barra brava del club, sintió ganas de tomar distancia con el fútbol. Se dedicó a los comercios de ropa en el centro de Lanús, y siempre apoyado en su buena suerte, durante ocho años le fue muy bien. En la habitual mesa de café con viejos amigos futbolistas, los recuerdos y la nostalgia por el juego, lentamente comenzaron a aflorar. Uno de los asistentes a esa mesa se ofreció para juntarlo con Nicolás Russo, por entonces a cargo del fútbol profesional del club. En ese encuentro  llevado a cabo en 2003, el dirigente, que no lo conocía, comprendió que podía ser la persona ideal para liderar el experimento que el club necesitaba poner en práctica. Un año tardó en llamarlo. A principios de 2004 Ramón se incorporó para comenzar el armado de un equipo de jóvenes promesas de la cantera que pedían pista. Se hizo cargo de la cuarta división, a la que promovían a los mejores futbolistas de tres categorías, mientras el primer equipo se desbarrancaba de la mano de Ramaciotti, y todavía faltaba la llegada de Pipo y sus parientes.

Cabrero se hizo cargo del primer equipo al ser despedido Gorosito, en noviembre de 2005. Faltaban seis partidos por jugar del Apertura, y en ese lapso se ganó la continuidad. Con un equipo integrado por Bossio; Graieb, Gioda, Romero y Archubi; Salomón, Quinteros, Aguirre y Leto, con Biglieri, y Fabbiani, alternando Santiago Hoyos, Agustín Pelletieri, Matías Fritzler, Maxi Velázquez, Ribonetto, el Pepe Sand, Diego Valeri, Lautaro Acosta y Sebastián Blanco, Ramón fue modelando el plantel que lograría la consagración definitiva en la Bombonera en 2007: Lanús campeón de Primera de la mano del hombre que se convierte en leyenda, sencillo y certero, práctico y querible, es aquel niño que a poco de haber nacido, la gitana bendijo al pasar. En su honra, muchos de los pibes de Lanús nacidos a partir de ese logro tan ansiado fueron bautizados con su nombre.

Cabrero dejó la conducción técnica a mediados de 2008. Poco después se reinventó como mánager, y se bajó del pedestal en la Temporada 2009/10 para aceptar una muy buena oferta de Colombia, y ponerse al frente del Atlético Nacional de Medellín, el equipo más grande de ese país. Venía como siempre, con viento a favor, pero su salud le llamó la atención a mitad de camino. No obstante se mantuvo en su puesto hasta la finalización del contrato, a mediados de 2010. Volvió a Lanús como coordinador general del Fútbol Amateur, una tarea más reposada pero que resultó muy fructífera para el club. Guillermo Barros Schelloto y Jorge Almirón destacaron su sabiduría y sus consejos, para ellos Cabrero fue fuente de consulta permanente, e incluso dio la vuelta olímpica en el Monumental con el plantel Campeón 2016.

En eso estaba, siempre trabajando en el club, hasta que su salud sufrió un golpe imposible de superar. Ramón Cabrero falleció el 1 de noviembre de 2017, bastante antes de lo que el pueblo granate esperaba. Su muerte se produjo al día siguiente de la gran victoria lograda ante River en La Fortaleza por 4 a 2 que puso al club en la Final de la Copa Libertadores ante el Gremio de Porto Alegre. El pasado 5 de octubre de 2018 el Honorable Concejo Deliberante del Municipio de Lanús aprobó por unanimidad la denominación de Ramón Cabrero, vecino emblemático de la ciudad, a la calle de acceso al estadio, antes llamada Gral. José I. Arias.

El próximo 2 de diciembre, cuando se cumplan 11 años de la gran consagración de 2007 en la Bombonera, se llevará a cabo el acto oficial del cambio de nombre, al que el pueblo de Lanús concurrirá a rendir su tributo. Será en la famosa esquina que alguna vez se llamó Arias y Acha, donde de ahora en más se cruzarán dos nombres emblemáticos de una historia increíble: el de Héctor “El Nene” Guidi, así fue bautizada la calle Gral. Acha en 1974 en homenaje al gran futbolista, un fiel exponente de los tiempos viejos de la entidad, y el de Ramón Cabrero, el símbolo mayor de la hora más gloriosa del Club Atlético Lanús. Ramón, que pasó por esta vida como una estrella luminosa, y que nunca se enteró que en aquella mañana fría de noviembre del 47, a poco de venir al mundo, recibió la bendición de una gitana.