ESE MALDITO DESPERTADOR

Lanús perdió una nueva final, la segunda en el semestre luego de la sufrida en Belo Horizonte por la Recopa. Más allá de los merecimientos y las responsabilidades, hay situaciones que se repiten y sensaciones que no serán fáciles de olvidar.

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Algo anda mal, pero no me doy cuenta qué… Acabo de tener una pesadilla horrenda y cruel. Yo estaba de pie y en el comedor, tan pero tan cerca de la televisión que me reflejaba en la pantalla, polvorienta, con cara de preocupación. Veía cómo pasaban los minutos y cómo se esfumaban las posibilidades de sumar una nueva estrella. Era tan increíble que me da pudor narrarlo: Lanús perdía 2-1 contra el desconocido Kashiwa Reysol, campeón de la ignota J. League japonesa, en la final de la bizarra Suruga Bank. ¿Se imaginan qué papelón sería si le pasara eso a la Gran Bestia Sudamericana, al club de barrio más grande del mundo? Gracias a Dios, el despertador, ése que puse anoche por las dudas de que el cansancio me venciera, me va a salvar de este bochorno. Y no se lo voy a contar a nadie.

Pero la pesadilla continúa… Veo que a Melano le rebota una pelota y sale a centímetros del palo derecho del arquero nipón, a falta de nada para que el árbitro coreano (¿o japonés?) pite el final del partido. Era el empate heroico y a los penales. ¿Hasta en los sueños nos coquetea la mala suerte? Me doy la cabeza contra la pared y ahí empiezo a entender todo… me duele el testazo, se me pone la piel granate de la furia contenida. ¿Pero cómo? ¿No era que en los sueños no existía el dolor? ¡Patrañas! Me engañaron como a un nenito. ¿Qué es entonces esta pena que tengo clavada en el medio del pecho? Esto es dolor, sin dudas. Sigo de pie ante la TV, incrédulo. Me pellizco y le grito a mi vieja que me despierte. Tiene que ser eso: anoche me colgué escuchando música y el agobio me ganó. Ahora me vienen a llamar y me levanto para ver al Grana.

¡Dios me salve! Esto no es una pesadilla… O en realidad lo es, sí, pero la vivo lúcido. Bien despabilado. Es terrible lo que veo… A Silva se le sale la cadena y al Pulpo González lo expulsan por hacerse el guapo. Otra vez. Como al Laucha en Brasil hace un par de semanas. Como al tucumano Díaz contra Universitario de Perú en alguna Copa Libertadores. Como a Ruggeri contra Atlético Mineiro en la Conmebol de 97. Como a… bah, como siempre que se sufre un resbalón inesperado. Estas imágenes ya las vi. Son escenas repetidas que van y vienen por la cabeza. ¡Ya sé! No es una pesadilla, entonces es un déjà vu… Uno más. Qué tristeza. Estoy en trance. Despierto, pero groggy. Al borde del nocaut técnico.

Da bronca por la chance desperdiciada, en lo que tendría que ser “el semestre más importante de la historia de la institución”. Aunque igualmente lo será, más allá de los resultados. Pero causa malestar. Y uno se pone a pensar en los amigos que se endeudaron hasta las muelas para viajar a Japón (no en esos personajes que se mueven con la plata ajena). Se acuerda, también, de la mejor dupla de marcadores centrales de la casi centenaria vida de Lanús: Paolo Goltz-Carlos Izquierdoz. Repito: Goltz-Izquierdoz. No los olviden. Es fácil hablar con el diario del lunes y hacer leña del árbol caído. Los millones de dólares en la caja valen mucho y otra final perdida no tapará todo lo bueno que se hizo hasta acá, pero las estrellas que se bordan arriba del escudo más lindo del planeta se lucen mucho más que cualquier billete. ¿O no?

A todo esto… ¿a qué hora sonará este maldito despertador? Algo anda mal. Y no sé qué.

Martín Luciano

Martín Luciano

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